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La Murta es el valle que abraza la sierra de Corbera, encajonado entre los majestuosos perfiles del Cavall Bernat y de Les Agulles, en el término municipal de Alzira (Valencia). Este Paraje Natural Municipal destaca por su incalculable valor ambiental, sus espectaculares paisajes y sus tesoros arqueológicos. De hecho, aquí se escribió uno de los capítulos más célebres de la Ilustración valenciana del siglo XVIII.
El erudito y botánico Antoni Josep Cavanilles (Valencia, 1745 - Madrid, 1804) dedicó tres años de su vida a recorrer las tierras valencianas, un viaje del que nació su obra cumbre: Observaciones sobre la historia natural: geografía, agricultura, población y frutos del Reyno de Valencia. Uno de los lugares que más le cautivó fue, precisamente, este frondoso valle, que exploró minuciosamente. Cavanilles quedó fascinado por el singular microclima húmedo de La Murta y catalogó una rica diversidad vegetal, cuyas especies más emblemáticas saldrán a nuestro encuentro en la ruta que estamos a punto de comenzar.
Iniciamos la ruta botánica justo detrás de la casa de los guardas, que nos dan la bienvenida al parque. En este mismo punto parten también los senderos PR-CV 334 y SL-CV 81, opciones más duras y exigentes. Antes de arrancar el ascenso, podemos aprovechar el área recreativa para comer algo y reponer fuerzas en sus mesas. Gracias a su orientación norte, esta vertiente del valle disfruta de una vegetación desbordante, debido a que recibe menos horas de sol directo.
A medida que ascendemos por el camino de la umbría, nos adentramos en un frondoso bosque, donde conviven el fresno de flor y el laurel, acompañados por carrascas, madroños, durillos y la propia murta (también conocida como mirto o arrayán), la planta que da nombre al valle. Esta riqueza botánica hizo que el lugar fuera bautizado históricamente como la Vall dels Miracles (el valle de los milagros), debido a las propiedades medicinales de sus plantas.
A los pocos minutos de comenzar la subida, un pequeño desvío a la derecha nos invita a descubrir un antiguo horno de cal. Esta estructura circular de piedra nos habla directamente del pasado preindustrial de la zona, una época en la que el monte no sólo se contemplaba, sino que se trabajaba con intensidad. Continuamos ascendiendo por una senda cada vez más estrecha, mientras nos envuelve el aroma fragante de plantas aromáticas como el tomillo, el romero, la menta y el poleo.
Entre la hojarasca, también es común ver setas y boletus que, al tratarse de un espacio protegido, no debemos recolectar ni tocar. Estamos en la zona más húmeda y fresca del recorrido, donde la vegetación se cierra sobre nuestras cabezas formando túneles naturales de gran belleza. En los márgenes del camino hallaremos palmitos, la única palmera autóctona de la Europa continental. El palmito, o margalló como se le conoce en Valencia, tiene un protagonismo crucial en la historia del valle; el propio Cavanilles se detuvo a estudiarlo con admiración durante sus expediciones, definiéndolo como una auténtica joya botánica.
Tras una media hora de caminata por la umbría, el paisaje se abre para regalarnos una panorámica espectacular de la sierra de Corbera abrazando el paraje. Desde aquí, la vista abarca un sugerente contraste geográfico entre las cimas escarpadas y la llanura. El Cavall Bernat y la Creu del Cardenal, las dos cumbres más imponentes y afiladas de la sierra, se alzan majestuosas vigilando todo el valle. Justo después de contemplar el monasterio desde esta privilegiada perspectiva elevada, el sendero inicia el descenso entre pinos y nos conducirá directamente a las puertas del recinto histórico.
Hemos finalizado nuestra ruta botánica y enlazamos ahora con la ruta histórica cruzando el Puente de Felipe II, uno de los monumentos más emblemáticos del paraje. Cruzarlo es como traspasar una frontera temporal que nos sumerge en el corazón de la historia medieval y de la Ilustración valenciana. Este robusto paso de piedra se construyó en 1586 con motivo de la visita del rey Felipe II al monasterio jerónimo. Lo más mágico del puente es su integración con el entorno, completamente arropado por la frondosa vegetación.
El Real Monasterio de Santa María de La Murta es el corazón histórico y espiritual del valle. Fundado en el año 1376 bajo la estricta Orden de los Jerónimos, este rincón se convirtió durante siglos en un importantísimo foco cultural, religioso y científico que atrajo a reyes, nobles y eruditos, incluido el propio Antoni Josep Cavanilles. Aunque los monjes jerónimos escogieron este recóndito y cerrado valle buscando el aislamiento físico y espiritual, su relevancia creció tanto que el lugar acabó bajo la protección directa de la Corona de Aragón, y personajes de la talla de los Reyes Católicos o Felipe II pasaron temporadas entre sus muros. Tras la Desamortización de Mendizábal, en el siglo XIX, el complejo fue abandonado y expoliado, pero sus imponentes restos arqueológicos siguen hoy resistiendo, mimetizados de forma mágica con la naturaleza.
Nada más traspasar el puente, nos topamos con los restos de la antigua portería, dominada por la Torre de las Palomas, el elemento mejor conservado del conjunto. Esta recia estructura defensiva que protegía a los monjes de posibles ataques marca el punto exacto donde nuestro paseo fusiona la exuberante naturaleza con el rico patrimonio histórico del valle. Avanzando unos pasos, se descubre ante nosotros la monumental fachada principal de la iglesia mayor, cuya magnífica portada barroca permanece en pie con el escudo tallado de la orden de los Jerónimos. Si observamos sobre la valla protectora, veremos el sobrecogedor esqueleto del templo, contemplando sus majestuosos arcos de medio punto desnudos, con el cielo por techo.
Si continuamos el camino hacia la derecha, pasearemos junto al Jardín Romántico y la Casa Señorial (cuyos interiores se encuentran cerrados y sólo son visitables los fines de semana de verano), donde se aprecian los restos de la antigua hospedería y la residencia de los últimos propietarios privados del siglo XIX. Asomándonos a una de sus ventanas, podremos ver la antigua almazara con su muela y, siguiendo este mismo sendero, llegaremos a las monumentales balsas de agua de sillería que los monjes diseñaron para el riego. Hoy en día, estas albercas siguen llenas de agua cristalina, convertidas en un auténtico santuario para anfibios. Es aquí donde la Torre de las Palomas se refleja nítidamente sobre el agua, conformando la estampa idílica que define a este lugar.
En este punto, un pequeño huerto de limoneros y una serena explanada se abren como el escenario perfecto para el disfrute de familias y viajeros. Especialmente durante los fines de semana, el sendero que discurre desde la casa de los guardas hasta este punto, un trayecto llano, amable y accesible, se transforma en el paseo predilecto y en el refugio de recreo de locales y turistas.
Continuamos la ruta histórica siguiendo el camino del acueducto medieval. Esta joya de la ingeniería hidráulica de los siglos XIV y XV transportaba el agua desde los altos manantiales del valle (como la Font de la Murta o la del Barber) directamente hasta las cocinas, fuentes y huertos del monasterio. Aunque ya no cumple esa función de suministro, la piedra caliza y los arcos cubiertos de musgo y hiedra le confieren un aire de cuento de hadas suspendido en el tiempo. Al final de la subida del acueducto se llega al caño de la Font de la Murta, donde el agua brota de la montaña de forma constante, fresca y potable.
Desde la fuente puedes dar la vuelta para regresar al monasterio por la senda histórica, formando un pequeño circuito, o bien conectar con senderos que ascienden hacia cotas más altas del valle, como la senda del Pas del Pobre o la subida a la Creu del Cardenal. Nosotros volvemos por la senda histórica, pero nos desviamos un momento, cuando nos encontramos con una cruz de hierro, para subir por la senda de su izquierda hasta un pozo de nieve o nevera. Una construcción semienterrada para conservar mejor la temperatura de la nieve que recogían en invierno, acumulándola y compactándola para su posterior transformación en hielo para la conservación de alimentos, elaboración de helados e incluso para fines terapéuticos.
Deshacemos los últimos pasos del sendero hasta regresar al punto de partida: la casa de los guardas. Atrás dejamos una travesía de exigencia moderada, que ha sabido trenzar lo mejor de dos mundos: el abrazo de la ruta botánica con las piedras llenas de memoria de la ruta histórica. Y para quienes busquen un caminar pausado o viajen en familia, incluso con carritos de bebé o personas de movilidad reducida, les aconsejamos únicamente la ruta histórica. Es un trazado llano y accesible, que susurra crónicas antiguas sin exigir grandes esfuerzos a las piernas.
Para los montañeros expertos y en forma, pueden continuar ascendiendo donde la ruta botánica invita a iniciar el regreso, para buscar el Pas del Pobre. Seguir este rumbo significa despedirse del Valle de la Murta, coronar la imponente cresta caliza que divide los horizontes y descender hacia el umbral del Valle de la Casella. Incluso, podemos continuar este histórico pasaje de peregrinos hasta las solemnes y antiguas piedras del Monasterio de Santa María de Aigües Vives.
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