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Para llegar hasta la calle Riudarenes de Barcelona desde la plaza de Catalunya se debe contar con una agilidad atlética para no hundirse en esa riada constante de cuerpos que se cruzan, que parecen perseguirse, que comercios y museos absorben y expulsan como si fueran billetes en un cajero automático. Andar en línea recta aquí es una utopía, casi una temeridad. Al avanzar, las entrañas del Gótico desafían la cuadrícula barcelonesa, se retuercen y, casi sin advertirlo, se estrechan y se vacían de multitudes. Y justo ahí, en un callejón sin salida, se abre hacia arriba el hotel Wittmore, un hotel de lujo de tan sólo 22 habitaciones, que materializa la convicción de la familia Figueras de que se podía levantar un refugio en uno de los barrios más complejos de Barcelona.
Es cruzar su puerta y desvanecerse el tiempo. En el Wittmore todo es penumbra y recogimiento. La luz es tenue, hay moquetas, cortinajes pesados. Si existieran las categorías de hoteles día y hoteles noche, este pertenecería a la segunda. “Fue deliberado”, cuenta Julia Monclús, su directora de marketing. “Queríamos un espacio en el que una persona pudiera concentrarse en sí misma, leer, inspirarse y crear, aun sabiendo que fuera hay una ciudad llena de estímulos”.
Es cierto que dentro, en su biblioteca o en su bar (suerte de speakeasy), se pierde la noción de lo que ocurre fuera. Sólo el cielo al que se asoma su patio central, y alrededor del cual gira todo el alojamiento, da pistas de la hora que es. Barcelona desaparece, pero la ciudad está en su ADN. No sólo porque es el origen de la familia propietaria, sino porque la experiencia del hotel está intrínsecamente relacionada con la comunidad creativa catalana.
Si uno se asoma a la ventana de cualquiera de sus habitaciones —clásicas y modernas al mismo tiempo—, descubre que desde la última planta, que acoge tumbonas y sombrillas y una pequeña alberca desde las que se atestiguan los tejados de Barcelona, cae una cascada de plantas de todos los verdes posibles. Sus más de tres mil ejemplares abrigan una de las paredes del patio. En ese vergel urbano juegan al escondite pequeñas piezas de vidrio rojo de la escultora barcelonesa Berta Ivanow. Su forma es orgánica: “A través del vidrio soplado, reinterpreta la memoria del antiguo lavadero sobre el que hoy se alza el hotel, evocando las coreografías cotidianas y las historias compartidas de las lavanderas”, explica la búlgara Dessislava Pirinchieva, comisaria de Proyecte 360º, la iniciativa artística que conecta el arte emergente con el Wittmore.
Cada pieza que se expone en el marco del proyecto está concebida para el lugar por artistas que Pirinchieva y Andrea Figueras (tercera generación al frente del grupo hotelero al que pertenece el Wittmore) seleccionan porque comparten valores con el espacio. Organizan, además, un premio en colaboración con el festival Art Nou. La obra de los ganadores, como la del pintor mallorquín Román Fabré, se puede ver cada año en las paredes de los espacios comunes del alojamiento. Todas estas actividades se acompañan de encuentros y cenas, y por una biblioteca compuesta por ejemplares seleccionados por la librería Terranova, una de las más personales de la ciudad.
La gastronomía también participa de esa voluntad creativa. En Contraban, el restaurante que ocupa el patio y un acogedor comedor, Alain Guiard (chef de la La Mundana o Santa Burg, quien también pasó por las cocinas de Santi Santamaria, Carme Ruscalleda, elBulli y Alain Ducasse), propone una carta que sustituye la división convencional entre entrantes y principales por emociones: impaciencia, libertad, frustración, sorpresa o nostalgia. Fases, según cuentan, del trabajo creativo.
Así, bajo esos epígrafes conviven un humus con crudités o unas sabrosas zanahorias a la brasa con platos de corte francés, como un gratinado de patatas y puerros u opciones más castizas, como sus estelares macarrones del cardenal con secreto ibérico. Hay siempre pases marinos de temporada y algún guiño a Cataluña. La propuesta es cosmopolita: platos que satisfacen las expectativas de los huéspedes, pero también las de los propios barceloneses, objetivo de la casa desde el inicio. El desayuno, sólo para huéspedes, huye del bufé y se concentra en una carta gustosa elaborada al momento.
Buena parte del menú se puede consumir en las habitaciones. En el minibar no hay paquetes de frutos secos ni botellines de agua ni envoltorios de chocolatinas; en el baño no hay rastro de plásticos de un solo uso: los han eliminado por completo. “Esto afecta a decisiones aparentemente pequeñas: si las patatas fritas del minibar sólo vienen en bolsas de plástico, dejamos de ofrecerlas; si el envoltorio del té contiene plástico, buscamos un proveedor alternativo”, explica Monclús. Los productos de baño, por ejemplo, son de Conscious Botanist y colaboran con Pack to Earth en la cocina, una empresa que trabaja con materiales biodegradables para envases alimentarios. Y aquí y allá, centros florales, hipnóticos, marinos, improbables, de la artista Fátima Valldeperas.
En una época en la que se pone en duda la idoneidad de sumar más alojamientos turísticos a las capitales, tejer redes con la cultura local se ha convertido en una forma de poner en valor a la comunidad, además de una herramienta para atraer viajeros de perfil cultural que entienden el viaje de una forma más sostenible. “La cultura y el arte forman parte de la esencia de los Figueras. Nos interesa que quien venga pueda descubrir a artistas, movimientos o propuestas culturales de Barcelona, que se lleve algo más que sólo una estancia. Además, creemos que debemos aportar algo al entorno, no limitarnos a recibir turismo”, concluye Monclús.
Esa contradicción atraviesa el proyecto: mientras sus huéspedes buscan aislarse de Barcelona, el Wittmore intenta conseguir que esta ciudad, agotadora y fascinante, entre en el hotel. Quizá tenga razón Pirinchieva cuando, recordando al fallecido diseñador Virgil Abloh y su defensa del pensamiento en zigzag, sostiene que es posible levantar un santuario en medio del caos. Para encontrarlo, al fin y al cabo, tampoco se puede llegar caminando en línea recta.
HOTEL WITTMORE. Carrer de Riudarenes, 7. Barcelona. Tel: 935 500 885
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