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Es primavera y el río Piedra ruge con más fuerza que nunca. Las últimas lluvias han llenado el caudal de este río, que despliega su máxima belleza al paso por el monasterio del siglo XIII que toma su nombre, cerca de la localidad de Nuévalos (Zaragoza). Afina el oído, el sonido de sus corrientes se escucha nada más entrar al parque. Solo hay que dejarse llevar.
Cinco kilómetros forman el recorrido que comienza cerca del monasterio, que hace ocho siglos hospedó a los monjes de la orden cisterciense y que en la actualidad funciona como hotel. Allí está Clara Gormedino, una aragonesa que trabajó durante dos años como guía turística del parque y ahora se ocupa de las tareas de comunicación. "El lugar donde nos encontramos es un auténtico oasis. Todo lo que rodea al parque es un entorno árido, sin embargo, dentro renace un gran vergel con vegetación y fauna donde el agua da formas caprichosas al paisaje kárstico", explica.
Las flechas azules ayudan a no desviarse del camino. Varios niños, vestidos con ropa y calzado cómodo, arrancan a correr por un sendero cuesta abajo que conduce a un gran prado verde salpicado de flores y cercado por fresnos, nogales y sauces, la mayoría centenarios. Es el Vergel de Juan Federico Muntadas, el artífice que consiguió hacer accesible este parque tal y como lo vemos hoy.
"Muntadas fue un enamorado de este entorno", cuenta Clara. "De familia catalana, su padre Pablo Muntadas compró en 1843 en subasta pública el monasterio tras la desamortización de Mendizábal. Federico se pasaba horas y horas recorriendo el parque y deseó que el resto del público pudiera contemplar lo mismo que él". Con esa idea, e inspirándose en un jardín romántico, Muntadas construyó los senderos, túneles y escaleras que salvan los más de 100 metros de desnivel que hay entre las diferentes cascadas.
Un pequeño riachuelo llama la atención de dos chiquillos, que se agachan en busca de algún renacuajo. Algo se mueve, y tirán algún que otro palo al agua. No se han dado cuenta de que tras los árboles, apenas a unos metros de distancia, se insinúa la primera cascada. Es el Baño de Diana, digna de leyenda. Su nombre homenajea a la diosa romana de los bosques y la caza, a quién le gustaba bañarse desnuda bajo la cascada con su séquito de ninfas, lejos de los ojos de los mortales.
Mientras una pareja con su mascota se hace un selfie delante del Baño de Diana, un niño pregunta insistente a su madre si se puede bañar. La respuesta es negativa, pero no parece importarle, sigue ensimismado viendo caer el agua desde sus cinco metros de altura. Junto a la catarata, una imagen en blanco y negro de 1930 aporta algún detalle más de lo que tenemos delante. "Los carteles informativos pertenecen a la exposición fotográfica Monasterio de Piedra ayer y hoy. Se han puesto con motivo del 800 aniversario y la idea es que se queden de forma permanente", anuncia Clara.
El paseo deja atrás el Lago de los Patos (donde no hay patos) y continúa hacia otro nuevo salto: la cascada Trinidad, bautizada así por la caída del agua en tres planos diferentes. Es la primera cascada donde podemos estirar el brazo y tocar el agua. Los pequeños no pierden oportunidad y comienzan a salpicarse unos a otros. Los charcos cercanos se convierten en un divertido juego donde mancharse está permitido (buen momento para sacar las botas de agua si las llevas). Las risas no cesan.
Llega el momento de subir escaleras. "Uno, dos, tres…", cuenta alegremente una niña de apenas seis años mientras va superando uno a uno los escalones de la gruta. Los más perezosos, se suben en brazos de sus padres. Para llegar a lo más alto de la Caprichosa, una de las cascadas naturales más famosas del parque, se debe atravesar la Gruta del Artista, a la que se compara con una catedral gótica por su peculiar entrada de piedra y en cuya pared se lee un cartel con una frase del escritor hindú Tagore: "No es el martillo el que deja perfectos los guijarros, sino el agua con su danza y su canción".
El esfuerzo del ascenso tiene recompensa: el primer mirador, el de la Caprichosa. Todos buscan su hueco para asomar la cabeza por donde empieza la caída de esta catarata de 30 metros de altura. Su leyenda sobre una niña de 12 años, llamada Jimena, capta rápidamente la atención de toda la familia. Dicen que la pequeña era tan caprichosa que la palabra que más utilizaba era 'quiero'. Trabajaba en el huerto del monasterio y disfrutaba dando un paseo por el parque cuando su curiosidad la llevó hasta un paraje que nunca había visto. El cauce del agua la alcanzó y allí mismo terminó bailando en el fondo de las pozas, uno de sus muchos deseos.
A pocos metros, se alza una de las partes más románticas y apacibles del parque: los Vadillos, también conocidos como los Argadiles, un conjunto de terrazas escalonadas y puentes de madera por donde el rio discurre sin orden y de forma caprichosa. Varios chiquillos se paran a mirar las casitas-nido que cuelgan de los árboles en busca de algún pajarillo cuyo canto acompaña el paseo.
Con suerte verán una abubilla o un mirlo, dos de las 20 especies de aves que habitan en este paraje natural aragonés. Varios bancos de madera, cobijados bajo la sombra de sauces, chopos y olmos, invitan a hacer un descanso, sacar un tentempié de la mochila y coger fuerzas para el siguiente tramo del recorrido, que promete ser aún más emocionante.
La senda alcanza los Fresnos, una zona de chorros entrelazados sobre la roca que los visitantes reciben con los brazos abiertos. Literalmente. Su cercanía a las escaleras permite tocar el agua con las manos y nadie quiere irse de allí sin hacerse el correspondiente selfie. Ojo, cuidado dónde pisar, en el suelo un reguero transcurre con fuerza, corriente abajo.
¡Una cueva!, grita un chaval de corta edad, mientras le coge la mano a su padre, invitándole a entrar con presura. Es el acceso a la Gruta Iris, a la que se llega descendiendo unas estrechas escaleras de roca que dejan atrás el mirador más antiguo del parque, el de la cascada Cola de Caballo. Las vistas sobre esta caída de 53 metros son espectaculares y el atasco de gente inevitable: todos quieren inmortalizar en su retina esa panóramica que regala la naturaleza. "En 2017 visitaron el parque 270.000 personas", apunta Clara, mientras anuncia que este año se espera entre un 5 y un 8 % más de visitantes.
"La Gruta Iris se conoce así porque al atardecer, el sol se pone justo enfrente, atravesando la cascada. Eso hace que en las gotas de agua aparezca un arcoiris. Es un momento muy bonito", relata Clara, que recuerda cómo la curiosidad de Muntadas fue la razón de que descubrieran esta belleza natural. Cuenta como anécdota que, "en uno de sus paseos rutinarios, Federico se dio cuenta de que las palomas anidaban tras la Cola de Caballo y no paró hasta dar con la cueva. ¡Qué grutalidad!, escribió en uno de sus libros tras su hallazgo".
Estamos en las entrañas de la Cola de Caballo. Aquí el estruendo del agua lo invade todo. Oscuridad, pasadizos, estalagmitas y estalactitas y hasta un lago color turquesa. La gruta tiene todos los ingredientes para hacer que esta parte del itinerario se convierta en una aventura al más puro estilo Indiana Jones. Hay hasta murciélagos, 31 tipos para ser exactos.
¡Está lloviendo!, dice un chiquillo en brazos de su padre, que rápidamente le pone la capucha del chubasquero para protegerle. Es el viento que sopla y empuja hacia dentro el agua de la cascada originando ese inesperado chaparrón que empapa a todos los visitantes ensimismados con el contraluz de la escena. Porque aquí te mojas sí o sí. El agua se filtra entre las rocas y alguna que otra gota te alcanza seguro en algún momento.
Para los papás que busquen dar más misterio al momento, pueden echar mano de alguna de las leyendas que giran en torno a la Cola de Caballo. Una de ellas se remonta a la Edad Media, cuando se conocía como el "Despeñaperro de los demonios", haciendo alusión a una batalla entre monjes y demonios que terminó con la intervención de la Virgen Piedra, convirtiendo a los diablos en roca. Los más miedosos preferirán la historia de las palomas torcaces que se posaban en la repisa de la cascada, de ahí que en el siglo XVIII se la llamara "el Chorro palomero".
La salida de la cueva lleva a la parte más baja del parque natural. Eso significa que luego toca subir. De ahí que sea buen momento para descansar y tomar algo en el merendero con zona de juegos que hay a pocos metros. Es el único punto del itinerario donde hay un puesto para comprar bebida o un picoteo. Si buscas un restaurante, tendrás que esperar a llegar a la entrada.
Nada más ver los columpios, los niños salen corriendo para ver quién llega primero a subirse al tobogán. Su aparente cansancio se transforma en pocos segundos en pura vitalidad. La piscifactoría de truchas que hay junto al lago del Espejo es otro plan sugerente antes de retomar el camino de vuelta. "En 1867, Muntadas creó aquí la primera piscifactoría privada de España. Este hombre era un máquina", apunta Clara con cierta admiración.
Ya es hora de volver. Ahora son las flechas rojas las que facilitan el ascenso, salpicado de más cascadas, como la de los Chorreaderos o la Sombría, hasta que de nuevo aparece el vergel que nos dió la bienvenida para ahora decirnos adiós.
Antes de abandonar el parque, hay dos buenas excusas para quedarnos al menos una hora más. La primera es la visita guiada (y gratuita) al Real Monasterio de Santa María de Piedra, del siglo XIII. Durante 40 minutos se recorren zonas como el claustro, la sala capitular, la antigua abadía, la iglesia o las catacumbas. "Con motivo del 800 aniversario de la ocupación física de los monjes en el cenobio (1218), se ha restaurado el Altar Mayor y la portada de la Capilla de San Bernardo, recuperando todos los policromados", explica Clara mientras pasea por las ruinas.
Otras estancias monacales, como el refectorio con techumbre de madera –antiguo comedor de los monjes– y la cocina, donde según cuentan se trabajó el cacao por primera vez en Europa, son las preferidas por los niños que escuchan atentos la historia que cuenta la guía. La palabra mágica: chocolate.
"En el siglo XVI, un monje del monasterio acompañó a Hernán Cortés en su conquista a México. Como regalo al abad, le obsequiaron con varios sacos de cacao y su receta. Después de cocinarlo y probarlo, los monjes buscaron el chocolate en el antiguo Testamento, y al no encontrarlo, decidieron que era un alimento que no interrumpía sus ayunos litúrgicos. Así, comenzaron a comerlo siempre que querían", explica la guía, señalando dónde lo cocinaban y varios paneles informativos que aportan aún más detalles.
La segunda razón para quedarse y a la que ningún chiquillo puede resistirse por muy cansado que esté, es la exhibición de aves rapaces que realizan tres veces al día junto a la entrada del parque. Gandalf, Golum, Indiana o Mara son algunos de los búhos, águilas y lechuzas que dejan a todos boquiabiertos cuando despliegan sus alas. Importante no moverse: es el turno del halcón peregrino, capaz de alcanzar los 250 kilómetros por hora ayudado por el viento. Como el resto de aves de vuelo bajo, es fácil que las sientas pasar a pocos centímetros de tu cabeza. La emoción solo acaba de empezar y la vuelta a casa promete ser tranquila.